Sexualidad y espiritualidad: el verbo hecho carne

Jordi Àlvarez Carniago, psicoterapeuta Transpersonal 

La integración de la sexualidad en la práctica espiritual es un tema difícil de tratar aunque de ferviente actualidad. Este momento de crisis de valores, económica, cultural y ecológica, favorece la búsqueda popular de una espiritualidad, de una autenticidad, que ofrezca una alternativa al materialismo egoísta.

La sexualidad, en sus aspectos más cotidianos, es una fuente de vitalidad y placer, una forma de relacionarse con uno mismo y con el mundo. Muchas de las personas que intentan o deciden orientar su vida desde la búsqueda de lo sagrado, de lo espiritual, se plantean como integrar ese aspecto tan importante en sus prácticas y filosofías, sin embargo esta no es tarea sencilla. Por un lado nos encontramos con el oportunismo de muchos supuestos maestros o terapeutas que están ofreciendo cursos y talleres que dicen tener soluciones sencillas y superficiales a este tema (y a muchos otros) basándose normalmente en supuestos e ideas extraídos de las filosofías orientales o indígenas o bien desde diferentes corrientes terapéuticas y psicológicas. Por otro lado existe una gran variedad de escuelas, tradiciones y corrientes espirituales que, lejos de compartir un fondo común de sabiduría perenne, tienen interpretaciones y valoraciones muy diferentes del valor de la sexualidad y de cuál es su papel en la práctica espiritual que oscilan desde el rechazo total hasta ser un tema central de su filosofía.

Nuestra cultura tiene a su vez una posición dual y contradictoria al respecto. Estamos sumidos en un sistema social donde la sexualidad se ha convertido en un producto más del mercado y un elemento de dominación social y cultural. Sin embargo el substrato religioso y cultural del Catolicismo español supone aun una carga ideológica muy fuerte de represión de la sexualidad y una visión patriarcal con una presencia consciente o inconsciente de la culpa y el pecado respecto al deseo sexual y a la sensualidad.

Mi aportación a este difícil tema está orientada desde mi práctica como psicoterapeuta de orientación Transpersonal y desde mi propia búsqueda y experiencia espiritual.

Desde este punto de partida, la sexualidad y la sensualidad son observadas como elementos del potencial energético, o vital, de la esencia a desarrollar para conseguir un equilibrio físico, psíquico y espiritual. Sin un desarrollo sano y pleno de la sexualidad es muy difícil que las experiencias de conciencia que tiene la persona se asienten, se integren, en una vida cotidiana creando una dualidad entre la práctica o la vida espiritual y la existencia encarnada. La represión o la contención de la capacidad de disfrutar de los estímulos sensuales, y por tanto de la sexualidad, comporta inevitablemente un trastorno psíquico y emocional-afectivo que impedirá la relajación y la aceptación de las experiencias espirituales que se expresan a través del cuerpo.

La espiritualidad es la conciencia de la verdadera identidad de la persona, la paradoja del ser en unidad con la creación, que experimenta una existencia encarnada y separada de los otros seres. Tanto la mente como el cuerpo son, a la vez, elementos que, en relación con la conciencia de identidad, pueden llevar a una experiencia de aislamiento y alejamiento como ser la fuente de las experiencias de unidad y fusión. En este sentido existen prácticas espirituales para superar la identificación con ambos, mente y cuerpo, pensamiento y sensación, y acceder a niveles de conciencia donde la personalidad se diluye en el mar de la unidad.

Son bien conocidas las técnicas de meditación que permiten acceder a las experiencias de trascendencia, sin embargo existe un gran desconocimiento de las prácticas que permiten experimentar la unidad con toda la existencia física o experiencias de inmanencia. Curiosamente las experiencias místicas espontaneas, muy a menudo, se dan en prácticas físicas y/o sensoriales. Como bien explica el psicólogo Charles T. Tart, en su libro “Estados de conciencia”, existen dos formas de acceder a esas experiencias místicas: por saturación de los elementos sensoriales y por reducción de los mismos. Entre las prácticas que pueden conducir a experiencias místicas por saturación sensorial encontraríamos por ejemplo la música o la danza, como sucede en los trances obtenidos por el movimiento giratorio de los giróvagos de la tradición sufí o la escucha del repiqueteo de los tambores en las tradiciones chamánicas. También el esfuerzo físico llevado al límite puede producir los mismos efectos de saturación sensorial como sucede muy a menudo en los partos o el “subidón del corredor” experimentado por los deportistas. Por supuesto existen muchos relatos de experiencias místicas durante las relaciones sexuales, siendo, desde mi experiencia, una de las fuentes más comunes de experiencias místicas espontaneas.


Pese a las evidencias de la capacidad que tiene la expresión de la energía sexual para conducirnos a estados de conciencia más allá de la identidad egóica, muy pocas tradiciones han desarrollado unas prácticas específicas para conducir y desarrollar este aspecto del ser, la mayor parte de las escuelas espirituales no las recomiendan o, directamente, las reprimen.

Cada persona camina su propio camino y muchos tienen la suerte de transitar esta senda de descubrimiento por caminos escritos y con el bagaje de unas tradiciones milenarias. Otros, como yo mismo, caminamos junto a las sendas reconocidas sin sentirnos del todo acogidos por ninguna escuela, aprendiendo por etapas aquí y allá, tal vez descubriendo nuevos territorios. Desde mi experiencia, propongo observar humildemente, las señales de atención de las antiguas vías, que nos avisan del potencial error, para encontrar la vía segura aquí y ahora.

Una de las principales objeciones que se hace al respecto de esta integración de la sexualidad, por parte de muchas escuelas, es el peligro de adicción o apego al placer. Esto nos informaría de que es necesario tener una psique sana y consciente de sus aspectos más ocultos, de la sombra como dijo C.G. Jung, para evitar la adicción y que la sexualidad acabe siendo, no una vía de desarrollo espiritual, sino una cadena más que impida este desarrollo.

Se insiste también en el peligro del egoísmo hedonista. Este sería un obstáculo para la liberación de la identificación con el ego o la mente. Creo que esta trampa solo se puede salvar a través del desarrollo del potencial de amor. Así a través de la conciencia de nuestra identidad unitaria, con todos los seres, y la aceptación y compasión por nuestra dimensión limitada i finita, como seres encarnados, al sentir un amor incondicional por nosotros mismos y por el otro, evitaríamos la dependencia, el apego. 

Finalmente el principal escollo que advierten es el alejamiento de las dimensiones trascendentes al tratarse de una práctica inmanente. Esta dificultad, en mi opinión, aparece en un marco donde la práctica espiritual es predominantemente masculina. Esta circunstancia comporta una falta de integración de la dimensión masculina-femenina, el animus y el ánima Junguianos. Para sortear este obstáculo se tiene que entender nuestro papel activo en la misma creación Divina, nuestra misión de transformar el mundo material a través de la acción como expresiones de la misma Divinidad universal, de la conciencia, que manifiesta su voluntad creativa a través nuestro, vivir una espiritualidad encarnada.

Hasta aquí llega mi propuesta, seguro que aparecerán nuevas oportunidades de crecer, nuevas trampas del ego. Así pues espero que escuchando las voces de las tradiciones, que nos avisan de la dificultad de la integración de la sexualidad y la espiritualidad, podremos caminar nuestro propio camino, siempre sabiendo el riesgo que comporta el abrir nuevas rutas.

Barcelona, 18 de octubre del 2016.

1 comentario:

Maria Dolors Farrés dijo...

Muy profundo e interesante. Todo el mundo debería leerlo. Gracias por escribirlo. Maria Dolors Farrés.