Jesús era un hereje

Teresa Costa-Gramunt

Apenas acababa de leer Jesús era un heretge (Ara llibres), del filósofo y teólogo Lluís Busquets i Grabulosa, cuando tuvo lugar el atentado perpetrado por terroristas islamistas en la sede de la revista Charlie Hebdo y en el hipermercado judío, que provocó tantas víctimas. Volví a mirar con atención el título: vistoso y algo provocativo, me pareció bien razonable después de haber leído las tesis de Busquets.


La fe no ciega la razón de tanta gente de hoy en día, por suerte. Herederos culturales de los valores de la Ilustración y de la democracia, que, como todas las realidades humanas tienen sus luces y sus sombras, hay mucha gente capaz de combinar en su pensamiento razón y fe. Es desde esta concepción amplia de la realidad que se puede abordar la figura de Jesús en toda su polifonía. Con esta apertura de espíritu Lluís Busquets se ha adentrado en la figura de Jesús más controvertida. En base a una lectura profunda, meditada y actualizada de los textos evangélicos, en sus escritos el profesor Busquets presenta la figura de Jesús más idealista, más rebelde, más disidente, e incluso antisistema. Hay que adelantar que todo 'sistema' más pronto que tarde se corrompe. De ahí que siempre tengamos que estar vigilantes. Basta con mirar nuestro entorno más inmediato para ver cómo las aguas del sistema democrático inaugurado después de la muerte del dictador se han ido pudriendo. No sólo tenemos una democracia de baja intensidad sino que además está enferma. Los nuevos movimientos políticos surgidos en los últimos tiempos pretenden regenerar el tejido dañado.

En su ensayo, innovador en cuanto a punto de vista, Lluís Busquets se pregunta, y nos invita a preguntarnos, sobre el mundo que Jesús encontró en su infancia y juventud, y como este mundo concreto incidió en su fe. Claro, no podía ser indiferente a los problemas de su país y de su gente. Para empezar, se encontró con la dominación romana y con una amenaza real de desnaturalización del mundo hebreo. En cuanto a la esfera religiosa, había, como es natural, una pluralidad de maneras de entender la vida del espíritu.

El mismo Jesús, después de haber sido bautizado por Juan, emprendió su propio camino: un camino no convencional que revisa muchos aspectos de la fe de sus padres, pero que no niega en ningún momento. Más bien nos da a entender que hay que desarrollar, actualizar esta fe, e incluso adelantarse a la luz de los nuevos tiempos. La fe predicada por Jesús era revolucionaria. El sistema político y religioso que se encontró Jesús como poco podríamos decir que estaba alterado y que había que regenerar. Es lo que quiso hacer con su buena nueva innovadora que no sólo modificaba la vida del espíritu sino que, por el impulso de esta misma fuerza transformadora, modificaba también la vida ordinaria. Jesús cuestionó el estatus de inferioridad en que se encontraban las mujeres, los enfermos, los marginados, los extranjeros, etc.

Jesús no consiguió sus propósitos, ya que murió en cruz. ¿Fue un fracasado? Podríamos creer que sí si sólo nos atendiéramos a los hechos. Pero observando la posteridad de Jesús el Cristo y su mensaje en la historia de la humanidad, no es aventurado afirmar que ha triunfado. La resurrección no es tanto un hecho real (en el que se puede creer o no) como un hecho simbólico que, éste sí, se puede realizar cada día. La memoria de Jesús el Cristo es un hecho vivo para quienes integran su mensaje renovador en su corazón. Desde esta perspectiva, la posibilidad de regeneración-resurrección personal es un hecho, no una entelequia. Más allá de la divinidad de Jesús, pues, la gente de hoy en día puede ver en su figura alguien que creyó que un mundo regenerado era posible.

Con su actitud pacífica, pero firme, Jesús reclamó justicia, dignidad para las personas de toda condición y una vida más allá de la vida material basada en el amor y la fraternidad entre las personas. Jesús fue un hereje por haberse enfrentado al sistema imperante y, como dice Busquets, hoy también lo haría. Por este motivo fue condenado. Pero aquella condena era una condena del sistema, no de la verdad profunda que habita en el alma de las personas. Más allá de la fe cristiana, pues, la gente de hoy en día puede apreciar en Jesús la encarnación de los más altos valores humanos que siguen siendo la justicia, el amor, la fraternidad, el altruismo.

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