Integristas y otros especímenes menos evidentes

Jesus Oliver-Bonjoch 

La maldad nos desconcierta, quizás porque, ingenuamente, creíamos que el progreso científico, tecnológico y social que disfrutamos en Occidente iba, necesariamente, aparejado con la extinción de ideas y comportamientos que asociamos a épocas de oscuridad, aunque, de hecho, el horror nazi o la guerra genocida de Bosnia-Herzegovina no nos queden tan lejanos en el tiempo. A pesar de que podríamos proclamar por unanimidad que el espíritu se alimenta de Amor, hay espíritus que se nutren de odio, y ambos son protagonistas de la eterna lucha entre la Luz y la oscuridad, tema de tantos mitos y epopeyas, que llega al siglo XX a través de la pluma de Tolkien o de los fotogramas de Star Wars.


Llevamos ya unos meses recibiendo noticias escalofriantes de ese mal llamado ‘califato’ que ha surgido en tierras de Irak y Siria, por obra de un ejército de islamistas integristas que a los europeos nos pueden parecer una nueva encarnación de los SS nazis disfrazados con chilabas y turbantes. Pero, integristas y fanáticos, tarados que quieren imponer su ideología de terror, desgraciadamente, los hay en todas partes. No hace falta salir de nuestro entorno geográfico, para encontrar integristas cargados de odio que, en lugar de levantar la espada o el fusil en nombre de Alá, afilan su lengua en nombre de un dios que en nada se parece al que Jesús de Nazaret llamaba ‘padre’. Los unos y los otros han prostituido el islam y el cristianismo para dar vida a un dios monstruoso, ciertamente inspirado en aquel dios colérico y cruel que a veces saca la cabeza entre las páginas del Antiguo Testamento, pero que nada de nada tiene que ver con el Dios-encarnación de Amor y Bondad infinita que predicaban Jesús de Nazaret o Francisco de Asís o los sufíes del Oriente islámico. La única diferencia entre los talibanes de allá y los de aquí es la coyuntura en la que se mueven, que allí les permite actuar con absoluta impunidad, como en cualquier situación bélica, y aquí les obliga a suavizar sus opiniones en público, o a desahogar su odio en blogs y foros de internet o entre la masa de según qué manifestaciones.

Sin embargo, existen otros individuos sin corazón –yo diría sin alma- en otros contextos, que también actúan con absoluta impunidad y que, incluso, pueden llegar a gozar de cierto reconocimiento social gracias a obras de mecenazgo bajo las que intentan camuflar sus actividades maléficas: especuladores que se enriquecen con el comercio de armas o de medicamentos, que apuestan sobre los recursos naturales y agrícolas de países enteros, o que esclavizan a tantísimos trabajadores de todas las edades, para ofrecernos todos esos productos que compramos a un precio que no reconocemos como injusto. A estos individuos que amasan fortunas a costa de la vida de millones de seres humanos, ningún medio de comunicación los señala con el dedo porqué ellos mismos o sus amigos son propietarios de los más importantes, pero los efectos de su maldad son inconmensurables.


Imagen: icono de la Crucifixión, del Museo Bizantino y Cristiano de Atenas