Hay que tener suerte hasta para morir

Claudi Etcheverry

Acabo de perder a mi señora antes de que cumpliera cincuenta años. Más de una vez, me sonríen con sorna cuando digo que soy un ateo practicante. Esto resulta raro para mucha gente que cree que ser ateo es simplemente no creer en nada e ir pasando las páginas de los días sin ocuparse más del asunto. Para mí, en cambio, ser ateo practicante es el resultado de habérmelo pensado muy mucho, de haberlo explorado con valentía, y haberme planteado que el día que descubriera a Dios -o los dioses- me pasaría de club, aunque hasta ahora no haya procedido. Incluso le resulta raro a personas que se han encontrado en la religión no tras pasar un sesudo examen de consciencia y elección sino que se han visto arrastradas suavemente por una mezcla indefinible entre creencias y tradiciones, dejando a la religión no como práctica moral (que es la función que le reconozco más que ninguna otra) sino casi como una referencia que en algunos casos se parece descafeinadamente a los buenos modales. Por eso, y por lo estricto de mi moral laica que no necesita de dioses, le insisto tanto a mi hijo en mi admiración por los buenos cristianos y no por los buenos católicos, por cuanto veo los principios universales que realmente me importan más en lo primero que en lo segundo. Para mí que no defiendo ningunos colores, ser cristiano me parece amar el fútbol, y ser católico tiene más que ver con la camiseta con que gritar los goles.

También he de decir que en las dolorosas circunstancias de las que se sale al perder a un ser querido y cercano, celebro no tener un dios al que deberle fidelidad después de haber enviado semejante desgracia. Tener que quedarme junto a él y deberle fidelidad se me haría realmente contradictorio, y arrinconar esta calamidad en los términos de una prueba de fortaleza o de fe me resulta a la vez vejatorio y pueril. Sé que los creyentes lo entienden como parte de Su plan, pero yo lo veo como una explicación para apaciguar la masacre. Si hay algún dios tan injusto, encuentro que las pruebas que envía las más de las veces son de un sadismo intolerable. Para mí, ésta no es sino una maldita casualidad estadística que le cayó a mi señora, sin más.

Porque además, el castigo de los dioses no tiene explicación sin el principio del pecado. Supongo que no existe un dios tan ignominiosamente injusto que se divierta despedazando vidas jóvenes. Se me hace inconcebible una leucemia infantil, e incluso la propia enfermedad que la mató antes de cumplir 50 años. El refugio de creer en dios comportaría el riesgo de hacer incomprensible por qué ella, por qué así. Creo que entonces es entretenerse uno más de la cuenta en buscar razones que lo expliquen para sosiego del dolor. Pero creo que ésa, más que ninguna otra, es una vía muerta y un debate que en mi caso, ni vale la pena promover. Aparte del enorme dolor, entiendo su muerte solo como una realidad estadística. Incluso quienes creen firmemente en el destino miran a ambos lados de la calle antes de cruzarla.

El deseo de la inmortalidad se remonta muy atrás en toda nuestra civilización. Debe de haber sido de las primeras cosas que pudimos concebir como especie: morir. Creo sinceramente que nuestra progenie tiene un fallo genético al poder prever la muerte, y sería muchísimo más indoloro no vernos abocados a hacer todas las conjeturas que hacemos respecto de su inexorabilidad. He asistido a la muerte de varios de mis perros, y hasta donde me ha parecido, su percepción no va mucho más allá de un sentimiento fisiológico, sin terrores, sin alarmas, sin zozobra. Un malestar que los aparta a un rincón donde sentirse tranquilos, para morir un instante después. Desconozco si en su mente de perro se alumbran otras ideas sobre ese trance que los alcanza, pero al menos como manifestaciones físicas, visto desde fuera no lo parece.


En nuestra civilización se anhela a la inmortalidad y el terror a la muerte es parte indisoluble de nuestra cultura. Tanto, que muchos de los planteos trascendentalistas -como reencarnaciones, trasmutaciones, ascensos de nivel a vidas cada vez más plenas o perennidad de las almas- no nos acaban de convencer nunca. A lo más que llegamos es a pensar que quien consigue entrar en esas concepciones debe de tener una paz que a nosotros mismos se nos hace poco menos que un exotismo más propio de culturas remotas que de nuestro medio. Con el cuerpo como única referencia tangible, nos gana la idea de que el final de nuestra existencia no puede ser sino invadidos por el dolor, el descontrol, constantes alarmas, dependencia, y la supresión de toda dignidad. Frente a esto, hay personas y familias que consiguen sortear este principio establecido y hacen de esos últimos días un viaje sensible para manifestar la naturaleza de su vínculo, para expresarse con el afecto que se tienen, cerrar carpetas, suprimir diferencias, y descubrir la posibilidad de instalar un principio de orden y apoyo. Aunque parezca aberrante, a morir también se aprende.

Lo que conlleva es un proceso terrible para los que acompañan al enfermo, proceso en el que con muchísimo dolor tienen que entender -porque finalmente se les hace inocultable- quién se muere y quién se queda. Pero si nos apartamos de quien se muere estamos sustrayéndonos a una experiencia que es parte esencial de nuestra propia condición. Hace unos años no hablábamos de sexo. Ahora podemos hablar de sexo en todas sus versiones y desvíos con la mayor soltura, pero hemos puesto a la muerte en el lugar de ese tabú. No hablamos de la muerte y tapamos los cadáveres que dejan los accidentes en las carreteras, mientras nadie impide que las prostitutas adornen con su desparpajo la noche de todas las ciudades.

En ese intento instintivo de alejarnos de ese dolor, hay familiares que incluso caen en una verdadera fobia al enfermo y se dedican a depositar sus energías en cualquier otra cosa como el trabajo u otra actividad. No son pocas las personas que transitan solas el camino de su enfermedad, mientras que también están solas las personas desorientadas que podrían aprovechar su compañía mientras los enfermos están con vida.

Este avistamiento lleva tiempo, supone resistencias para hacer esa percepción lo más tardía posible, cuesta llanto, pero no puede evitarse porque finalmente la gente se muere. Recuerdo que un día hablé con la enfermera del equipo de paliación que tanto nos ayudó –una persona amplia por todos lados– y le expresé que en muchos momentos poder hacer cosas tan simples como cenar o ducharme me llevaban a sentir que eran una frivolidad y que me llenaba de un sentimiento de culpa poder hacerlo si me comparaba con la creciente limitación de mi esposa.

Ella, que no cabe duda de que ha hecho de este trabajo una fuente verdadera de la sabiduría más simple, me dio una respuesta que en un primer momento ataqué por sentir que era una simpleza, pero que un momento después tuve que aceptarla no como simpleza, sino como nada más que una respuesta simple.

-Si tú no comes y estás bien, no podrás ayudarla.

Era demoledoramente simple. Recordé entonces a las personas que, consciente o inconscientemente, habían decidido no evitar el contagio de alguna enfermedad que había acabado llevándose a sus mejores amigos en un goteo que se les hizo insoportable, insostenible. Ante la muerte hay dos tensiones irreconciliables: el deseo de vivir y el sentimiento solidario con el moribundo.

Qué duda cabe que hay que tener suerte hasta para morir. Pero esta idea de la fortuna de encontrarse ante un final u otro responde a una ecuación que no tiene solución posible. En una muerte súbita, el muerto no pasa por ninguna de las etapas de sufrir y verse enfermo, pero la familia se abisma a una despedida imposible. Por el contrario, una enfermedad más o menos prolongada permite a la familia y los amigos ayudar, despedirse y entender el final, mientras el paciente sufre el agravamiento de su mal, y muchas veces, es consciente de ello. Es una ecuación que no tiene solución: en una muerte súbita, el muerto no sufre pero la familia no tiene después cómo resolver su ausencia; en una enfermedad larga, la familia puede ayudar, despedirse, y cerrar asuntos pendientes aunque el paciente padece las consecuencias crecientes de sus patologías.

Pero una cosa es una maldita enfermedad como la que tuvo mi esposa, aunque con un final plácido y sereno como el que encontró; y otra es el drama de asistir a alguien que muera aullando de dolor. Ella avanzó hacia el final sin dolor físico, y dicho por ella misma, sin ansiedad y sin angustia. Por eso me mantuve siempre firme en conservar, en la medida de lo posible, una vida normal para la familia, incluyendo a nuestro hijo. No se trataba de estar en el limbo y decir que no pasaba nada, sino de aprovechar los resquicios que nos quedaban disponibles porque uno no debe transformarse en rehén de la enfermedad: la vida no puede transformarse en lo que queda de ella. En esto, y muy especialmente al final, la medicación que recibió en una perfusión continua (que le iba cambiando yo mismo como me instruyeron, conforme se iba acabando cada unidad) hizo gran parte del trabajo. Pero afortunadamente existe.

En algún momento, tuve un intenso conflicto al pensar si esa medicación acabaría por matarla. Atisbé las márgenes de que aquello fuera una eutanasia y tuve que preguntármelo y preguntarlo, porque no podía encajarlo. Recuerdo que planteé -ahora me sonrío al recordarlo- que nunca podría poner la última bolsa de la medicación que le pasaron de manera continua durante los últimos meses y que la mantuvo tan confortable, porque no podría convivir con el sentimiento de haberlo hecho. Era una fantasía fruto de mi ignorancia pensando que los médicos decidirían ellos cuándo sería el momento de convocar el final.

Con paciencia y delicadeza exquisitas, el grupo de atención domiciliaria recogió mi pregunta como un pedido de auxilio y me ayudó a entender que aquello no era una eutanasia, ¡ni se trataba de ningún fármaco que hubiera acabado nunca con su vida! Era la medicación necesaria para que el dolor no volviera, para que la ansiedad no la mantuviera en vilo, mientras inevitablemente la naturaleza la llevaría hasta donde su cuerpo enfermo pudiera llegar. Ayudar para que el final llegase lo más lejos, y lo más plácidamente posible. Recuerdo que rompí a llorar. Fue como descubrir lo más obvio de todo, pero mi temor era haber estado ayudando sin saber del todo a qué. Volví a reconocer la cantidad de gente buena que tenemos tan cerca. 

Las pocas muertes que he presenciado me han conmovido, y de todas he extraído alguna impresión sobre la diferencia entre vivir y morir. Casi siempre he llegado a sentir que uno se muere como ha vivido porque en los entornos de la muerte se presentan muchas facetas de la propia vida. A la muerte de alguien llegan muchas de las características de su vida, y para quienes lo presencian, llega un enfrentamiento inevitable con nuestra condición de finitud por la lógica de un silogismo incontestable:

Todos los hombres son mortales. 
Soy un hombre. 
Entonces soy mortal.

La muerte de otro nos exige pensar que vivir es una prórroga, con la esperanza de que incluso, nunca llegue. Tal vez por negar nuestra propia muerte es que muchas personas agonizan y mueren separadas de su medio, de sus seres queridos, de sus casas, de su entorno, sus sonidos y de su realidad. Si la estabilidad física no lo exige, sería de desear que la muerte nos encuentre en nuestro hogar sin que los centros sanitarios tengan que paliar la ausencia de la familia, más que ninguna otra cosa. Así como el sufrimiento del cuerpo es causa de preocupación y esmero en la atención sanitaria, el padecimiento del espíritu debería centrar tanta atención como el otro, dado que es mucho más intenso. Resulta un desafío moral el hecho de proponer un derecho a abandonar este mundo en verdadera paz. Hay fármacos para casi todos los tipos de dolor, pero no los hay para la soledad. Así como los analgésicos ayudan al cuerpo a mitigar el sufrimiento, el afecto acude a atemperar la soledad ante la muerte.

Morir no tiene que ser una tortura. Fenecer no tiene que ser un tormento que no pueda evitarse, y el paciente y su familia transitan escenas de enorme significado en el que los presentes se conectan con sinceridad y afecto, tristeza y ternura. Cuando esos sentimientos brotan sin doblez, una paz real va ganando terreno entre todos.

Uno puede morirse bien. Para quienes acompañan, es necesaria una cantidad de entereza que deje atrás lo que hay que sentir en estos casos, porque por esa puerta de atrás se cuelan muchos sentimientos prestados. Quien acompaña también sufre, pero ese sentimiento no debe movernos en el terreno exclusivo de las condolencias porque el enfermo necesita cada día una inyección de vida. Incluso, muchas personas empiezan a avisar de la muerte de inmediato sin siquiera haberse permitido que el dolor se les derrame por el pecho, cuando a quienes todavía no lo saben tanto les da si es ahora el momento de saberlo o dentro de unas horas, no con ánimo de esconder nada, sino para suprimir el riesgo de que nos azote un impulso de tapar el llanto con una nota de prensa.

Ayudar de manera primaria permite hacer un camino a quien ayuda y a preguntar muchas de las cosas que no logra entender. A veces, algunas reacciones del cuerpo como respiraciones fuertes o expresiones de la cara por supuesto que nos alarman, pero dentro del programa de ayuda y entrega, son señales que nos instan a volver cuando lógicamente querríamos escapar, viéndonos en la tesitura no solo de hacer todo lo que sabemos hacer sino de tener que aprender lo que nunca nos hubiéramos imaginado que estaríamos en condiciones de llevar a cabo.

Muchas de las cosas que es necesario hacer se presentan como momentos tensos, angustiosos y perentorios, pero es posible llevarlos adelante en silencio y compañía, entendiendo el cuidador y haciendo entender al enfermo que todo lo que se hace no es más que una entrega necesaria. Hay que encontrar las cuerdas del talento para darle a esa ayuda la condición de protección, cariño, y esmero. Como forma de unión, el esfuerzo nunca es excesivo, aunque en muchos momentos el enfermo reaccione con un egoísmo que es inevitable y que también irrita a quien le atiende. Muchos de nosotros hemos sufrido noches de duermevela atendiendo un bebé, y ninguno de nosotros le ha dejado solo y sin cuidados. El vagido de un recién nacido que nos llama a la acción cualquier madrugada se repite como respuesta automática cuando sabemos que un enfermo depende de nosotros. Dejarse cuidar y agradecerlo es el último regalo del enfermo que puede con cualquier fatiga. Muchos familiares afirman que, pese al cansancio, habrían seguido ayudándole el tiempo que hubiera sido necesario al precio de estar cerca de él y mantenerle asido a la vida que se le escapa. Y en numerosas ocasiones, el cuidado les alarga la vida.

Encontré un colega de profesión que me dijo que me acompañaba en mis sentimientos, aunque acto seguido me expresó que lo sucedido seguramente sería una liberación para mí. Con una sincera indignación que oculté, sin poder responderle que me parecía que había llevado su existencia en un frasco de mayonesa y sin contacto con el mundo exterior, le agradecí el saludo pero me quedé pensando que ojalá nunca tuviera que vérselas con una situación como ésta, porque realmente estaba inerme y desarmado para enfrentar nada parecido. En la cultura del placer y de la comodidad llegan a venderse aparatos electrónicos que interpretan los tipos de llanto de un bebé. Ojalá los inventen para que las madres entiendan su propio llanto si un día tienen que asumir el horror de tener que sobrevivir a esos niños.

¡Claro que registro la supresión del esfuerzo que estuve haciendo!, porque es obvio que ya no duermo por tramos, ni ayudo, ni asisto, ni lucho para hacer de cada día un momento bonito que incluya alguna flor cortada por la calle, o la lectura del periódico para comentar la actualidad de un mundo que seguía ahí afuera mientras mi esposa fue abandonándolo por capítulos. Pero ese esfuerzo que ya no está ha ido traduciéndose, especialmente en estos primeros días, no en una liberación sino en un sereno recorrido de una ausencia tierna que me tiene en un rincón, tan sorprendido, que no he podido volver a la cama en que murió, donde hacía mucho tiempo que yo no dormía para que estuviera más amplia. Ya podré en algún momento, seguro que sí, pero tengo que oír qué va pidiéndome el cuerpo en una etapa en la que, por primera vez en mucho tiempo, no tengo planes de antemano. Por ahora, duermo en la habitación de Iñaki. Con ese humor que compartimos -con cada persona uno construye un tipo de amor y a la vez un tipo de humor- Iñaki me dice, con tono de psicoanalista, que lo elabore… que lo trabaje en terapia… porque ronco demasiado, y por suerte, seguimos riéndonos mucho.

Así, aunque parezca tan desigual y acaso lo sea, la muerte establece un vínculo extraño para compartir afecto y respeto. Asistir necesita de una cierta poción de amor, sí, pero también de una cierta capacidad para llorar un poco apartados del enfermo sin llegar a mentirle. Quien ayuda siente, y el enfermo lo sabe. Lo que se hace imprescindible es que la ayuda le llegue bajo la forma de una entrega serena, no de que causa una molestia. Acaso nadie debería morir con dolor, y por supuesto, nadie debería morir en soledad. Puestos en contacto con ella, la muerte resulta una vivencia tan fuerte, tan honda, intensa y personal que traza un puente entre el enfermo y quienes le quieren, cerrando un ciclo en el que le despiden con la misma sobrecogedora emoción que le rodeaba cuando le vieron llegar a este mundo.

2 comentarios:

OliverJB dijo...

Entiendo perfectamente tanto su sufrimiento -durante la enfermedad de su esposa como tras su fallecimiento-, como que no encuentre ‘consuelo’ en las ‘recetas de las grandes religiones’. Pero yo le diría que la espiritualidad está bastante más allá de las teologías, de los dogmas y, evidentemente, de las jerarquías teocráticas, pero también de la lógica y del pensamiento contemporáneos de nuestro entorno, que imitan la forma de pensar de los científicos. De la misma forma que existen sentimientos y emociones que no caben en las probetas ni se pueden analizar con la fría metodología científica, por más que lo intenten -inútilmente, a mi parecer- algunos neurólogos, psiquiatras y psicólogos, lo que llamamos ‘espiritual’ no sólo se escapa de lo racional, sino que se trata de ‘mundos’ o dimensiones distintas. Creo que la civilización y el ‘progreso’ científico, a cambio del bienestar material que nos han podido proporcionar, nos han ‘adormecido’ los sentidos: estamos tan atrapados en esta dimensión y cegados por ‘lo material’ que no somos capaces de sintonizar con otras dimensiones, a las que llamamos ‘lo espiritual’. Y salir del escepticismo quizás no sea una cuestión de fe -para mí no lo es en absoluto-, pero tampoco de buscar una lógica, sino de desobstruir ese otro o esos otros sentidos. Respecto a la muerte, me parece acertado definirla como “un cambio de estado de conciencia”, aunque los que seguimos aquí sólo percibamos un cuerpo inerte.

Teresa Costa-Gramunt dijo...

Hacer el esfuerzo de poner nombre a cosas y fenómenos es tarea humana. Escribir este texto, donde el autor reflexiona sobre la cuestión más trascendental: la vida, la enfermedad y la muerte del ser humano, es teràpia en sí misma, paliación al duelo por la muerte de un ser querido. La vida nos exige siempre una respuesta, y en este texto se ofrecen muchas respuestas, más allá de las creencias religiosas. La vida espiritual és esa respuesta, lo más humana posible. Lo más humano es espiritual. Y es en lo humano, a mi entender, donde hay rendijas para vislumbrar lo divino, si queremos llamarlo así.
Lo más senzillo es llamarlo Amor, com mayúscula.