Deseo, anhelo, aspiración

Teresa Costa-Gramunt 

Estas palabras designan tres conceptos que pueden parecer sinónimos pero no lo son aunque están emparentados, como pueden tener vinculación la espera y la esperanza. Como ocurre con las muñecas rusas, una está contenida en la otra, pero no son la misma cosa.

Decía el escritor Guillem Viladot que en la vida humana todo es deseo, que es la libido lo que mueve a los humanos. En esta pulsión que mueve el mundo, insistía, y que la realidad cotidiana no desmiente, basó gran parte de su literatura en la que también reflexiona sobre el instinto de poder, una forma del deseo que a menudo se convierte en perversa. No en vano se habla de la erótica del poder. Viladot entendía el deseo desde la óptica freudiana. El deseo es de índole corporal, se experimenta a flor de piel y busca la satisfacción si puede ser lo más inmediata posible, como cuando se tiene hambre.

También busca satisfacción el anhelo, si bien de otra forma. El anhelo es una pulsión anímica, y también el ánimo necesita su alimento. Pero en el anhelo, que puede ser muy vehemente, muy intenso y muy profundo, el tiempo de espera a veces puede constituirse en un aliciente, o todo lo contrario. Los anhelos insatisfechos suelen generar sufrimiento psíquico. El amor romántico, un ejemplo de amor anhelante, puede ser una cruz para el que lo sufre.

La aspiración es una pulsión de índole espiritual. La vida espiritual es una fuente de energía extraordinaria. Tenemos varias fuentes de energía: la biológica, la del inconsciente, la del no-yo y la espiritual. De todas, la más poderosa es la energía espiritual si se hace consciente, si se aprende a canalizarla. Cuántas veces no hemos observado los efectos de esta energía en un cuerpo frágil. Gandhi es un ejemplo de lo que dice el escritor Thomas Berhard en su libro El aliento: Es el espíritu el que sostiene el cuerpo y no al revés.


La vida espiritual tiene el poder de dar fuerza, de animar, de transformar la personalidad con la condición de que encuentre la vía libre. Pero la vida espiritual es muy exigente, resulta cara. Pide lo que más queremos y estamos más enganchados: nuestro amor propio, nuestro yo-idea, que para nada es el verdadero ser, que es espiritual. La vida espiritual requiere la entrega de sí (altruismo) por una causa más alta: Dios, los demás, la humanidad. La vida espiritual exige apertura y entrega basadas en la aspiración...

Cuando experimentamos la necesidad de algo superior debemos prestar atención, interesarnos por esta llamada que surge de lo más profundo de nuestro ser. Si prestamos atención a esta aspiración, que de entrada sólo percibimos como una fuerza que nos empuja, se irá revelando con claridad hacia dónde va dirigida, y es este el camino que deberíamos seguir. Mirando profundamente esta aspiración se llega a la conclusión de que es algo tan real como un paisaje geográfico. Nos hemos acostumbrado a creer que la realidad es lo que podemos tocar, relacionamos la realidad con imágenes concretas, físicas. Nada más lejos de la realidad, valga la redundancia. Damos más importancia a la realidad física porque hemos puesto más atención y es de esta manera que la hemos vitalizado, como ha tomado más cuerpo. En la vida espiritual se trata de focalizar la atención en la aspiración hacia lo superior: el amor a la vida, a Dios, a los demás.

El espíritu nos tensa hacia arriba, eleva la materia sujeta al deseo y el anhelo nos lanza abajo, si no se domina. El espíritu, es obvio decirlo, lo tenemos para toda la vida si no desfallecemos o lo matamos antes de tiempo. Hay muchas formas de matar el espíritu, que es ensuciarlo, o no prestándole atención, no alimentándolo. Cuesta mucho salir de nosotros, de la tiranía del ego y mirar la vida desde el espíritu y obrar en consecuencia. Pero este es el reto.

* Versió en català


Imagen: Monjas tibetanas. Bhagsu Falls en Himachal Pradesh, India.