Parejas entre iguales: vivir, sentir y pensar

Paolo Gamberini SJ

Queremos reflexionar, en primer lugar, sobre la vivencia homosexual de un/a creyente en la dialéctica entre el eros y el espíritu. Después de considerar la enseñanza oficial de la Iglesia católica nos preguntamos cómo un creyente homosexual puede repensar su identidad y su vivencia –espiritual y ética– a la luz de la “relacionalidad”.


La enseñanza oficial de la Iglesia 


Según la Iglesia católica, el fin de la sexualidad humana consiste exclusivamente en aquella relación de amor que se da como única, indisoluble y procreativa. Cualquier otro ejercicio de la sexualidad se ha de considerar objetivamente desordenado. La relación homosexual es, por lo tanto, necesariamente inmoral, puesto que no es, por su propia naturaleza, procreativa, y no se encuentra dentro del contexto del matrimonio.

Tradicionalmente, la Iglesia ha querido ser maestra en los debates sobre la cuestión homosexual, y nunca participante. Sin embargo, para poder estar al servicio de sus creyentes y no perder el contacto con ellos, es necesario que empiece a aprender su lenguaje y plantearse de forma crítica cuestiones como ésta.

El joven teólogo Joseph Ratzinger escribía en 1967: “Por encima del Papa, como expresión de la pretendida autoridad eclesiástica vinculante, está la propia conciencia que se ha de obedecer ante toda otra cosa, incluso, si es necesario, contra el requerimiento de la autoridad eclesiástica”. Es decir, todo católico maduro obedece ante todo a la propia conciencia. Así, el creyente homosexual deberá seleccionar lo que le aproxima más a lo “mejor” de la relación que está viviendo: con el propio cuerpo, con los otros y con Dios. Ésta, y no el cumplimiento de la norma, es la medida del bien moral.

Imponer la castidad como “estado de vida” a quien no la ha escogido, más aún si no es creyente, significaría impedir a la persona homosexual buscar lo mejor para sí e inducirla a considerar la castidad más una norma que una virtud. Al establecer objetivamente la inmoralidad y la prohibición de la única relación que, por su naturaleza, le es dada, se le niega el acceso al afecto que el homosexual, como todos, busca y necesita.

Es necesario repensar la moralidad de las relaciones homosexuales delineando un horizonte más amplio con el que discernir la cualidad de los actos sexuales. Desde el punto de vista “trascendental-erótico” y no “categorial-procreativo”, no hay un más o un menos, sino una plenitud de valor que varía según la cualidad moral de la relación, expresada en el mandamiento: “Ama al prójimo como a ti mismo” (Mt 22, 39). Amar al otro/a de manera que sea más fuerte, más independiente, y no más débil y menos capaz de asumir autónomamente la propia vida. Mons. Geoffrey James Robinson afirma: “Son agradables a Dios aquellos actos sexuales que hacen crecer la persona y sus relaciones; no son agradables a Dios aquellos actos que la dañan.” Más que centrarse en la genitalidad procreativa, se podría tener en cuenta la fecundidad y la generosidad presente en las relaciones homosexuales. Algunos criterios propuestos para juzgar la moralidad de una relación son la fidelidad, la reciprocidad y el amor responsable.

El modelo de familia no es único entre los aceptados por la Iglesia. Además de la actual familia nuclear hay también un modelo alargado de familia (tribal o del clan), y existen formas “singulares” como la familia “religiosa” o como las “comunas”. “El concepto de familia puede (debe) por consiguiente ser aplicado a todas las formas de convivencia estable que se dan entre dos o más personas que deciden vivir juntas” (G. Piana, Coppie di fatto).


Repensar la experiencia homosexual en clave de «relacionalidad» 

En el homosexual, como en todas las personas, hay una gran necesidad de afecto, ternura, amistad, amor, encontrando la respuesta más plena en una persona de su mismo sexo. La sexualidad no se limita a su componente genital, sino que envuelve la totalidad de la persona: cuerpo, sentidos y mente. Toda la persona está penetrada de esta energía que llamamos eros. En el Simposio (202, d-e), Platón define el eros como una gran fuerza (demon), un mediador entre dios y los mortales. “En medio entre los dos, llena el espacio ya que el todo resulta seco unido por sí mismo”. Esta fuerza se puede vivir o bien reprimiendo y suprimiendo el eros (actitud tabú-negativo); o bien dejándolo correr como un río sin cauce (permisivo-destructivo); o bien encauzando y dándole sentido. Encauzar y orientar es la contribución del espíritu, Reprimir los propios deseos y las propias pasiones no haría más que matar espiritualmente una persona. La espiritualidad nos ayuda a educar los propios deseos, abrir los ojos sobre su objeto real y liberarlos de placeres mezquinos. 


Desear más en profundidad y no menos, con todo nuestro ser: mente, corazón y cuerpo; eros y espíritu; placer y reflexión, pathos y logos, juntos: ahí está la trascendencia. Eliminar uno de los dos significa girar vertiginosamente; no querer bien a una de las dos realidades significa morir. El alma da un centro a la persona, el eros es fuente de creatividad, placer, energía y vitalidad. Excesivo orden y normativas ahogan la vida; excesivo caos y ausencia de orientación desperdician y extravían la meta. Sin amor, el eros corre el riesgo de perderse en el horizonte del ego y sus necesidades; sin pasión, el amor acaba degenerando en mandamiento. El equilibrio entre estas dos dimensiones, eros y ánima, ha de ser una continua búsqueda.

Cuando dos personas del mismo sexo viven un amor sincero y profundo y son creyentes quieren continuar así su vida en la comunidad eclesial, encuentran un dique más que un cauce por el que hacer correr el eros que están viviendo. Delante, un dique; detrás, la soledad o la promiscuidad sexual. El creyente homosexual vive la lucha entre él y la institución, entre él y la norma.


Observaciones finales 

Seremos felices según la manera que vivamos una sana sexualidad: la espiritualidad ayuda a encauzarla. Quererse y querer bien “significa compartir el don de la vida con entusiasmo y generosidad, buscando relaciones justas con los otros, de genuina fraternidad y reciprocidad, respetando la dignidad del otro” (M.M. Ellison, Sexuality and Spirituality).

La cuestión homosexual necesita una mayor confrontación y debate entre la sociedad civil y la Iglesia católica. Estas observaciones pueden ayudar a comprender la cuestión con una visión más amplia. El fin de la persona, según la perspectiva bíblica, se da en el encuentro con otro tú, umbral revelador del Tú inefable y trascendente de Dios: “Ama al Señor y ama a tu prójimo como a ti mismo” (Mt 22, 37-39). En su camino de fe, el creyente homosexual está llamado a elegir los actos y el estilo de vida que lo conforman más a la imagen de un Dios que es relación.


Este texto es una selección y condensación realizada por Amanda Molas para Monvir a partir del artículo «Coppie omosessuali - Vivere, sentire e pensare da credenti», Il Regno - Attualità 60 (2015) 129-136, traducido y adaptado por Carles Portabella, S.J.. Éste es a su vez una reelaboración del ensayo «Vivere, sentire e pensare da credenti omosessuali», aparecido en el volumen F. CORBISIERO (a cura di), Comunità omosessuali. Le scienze sociali sulla popolazione LGBT, Franco Angeli, Milano 2013, 97-114. Il Regno).cfr. Seleccions de Teologia.

Imagen: Relieve policromado de la tumba de Khnumhotep y Niankhkhnum (Egipto, c. 2400 aC).

1 comentario:

Teresa Costa-Gramunt dijo...

Artículo interesante. Para reflexionar, meditar.