La obra de Teresa de Ávila en árabe

Teresa Costa-Gramunt

El próximo año 2015 se conmemorarán los 500 años del nacimiento de Teresa de Jesús. En el cielo habrá fiesta, pero en la tierra también. Los santos tienen eso: son seres entre dos mundos. Por avanzado la santa ha recibido un regalo importante, elaborado de forma paciente durante 30 años por el hispanista libanés Antoine Khater: Santa Teresa de Ávila. Obras completas, publicado por las Ediciones del Patrimonio del Carmelo. Teresa de Ávila se podrá leer en árabe.


Supimos la noticia a través de Tomás Alcoberro, corresponsal de La Vanguardia en Beirut. Más allá de los datos, el periodista relata que recuerda a su amigo entregado a la compleja tarea de traducir las obras teresianas en un rincón de la cocina de su casa los días en que la ciudad era bombardeada. Era su afirmación creadora en medio de un mundo en destrucción, escribe el cronista, sin duda conmovido por la demostración de una voluntad y de una fe de piedra picada alzada en medio del terror de la guerra y de las horribles matanzas de cristianos perseguidos.

Teresa de Ávila es difícil de traducir. Su lenguaje es coloquial, pero difícil. La obra de la mística no se deja leer sin más. A pesar de su voluntad para hacerla plástica con la ayuda de buenas metáforas, expresión, ¡aproximada!, de su experiencia espiritual, ¿cómo traducir, por ejemplo, palabras fundamentales para entender su discurso como arrobamiento, éxtasis, rapto, místico? Cuenta Alcoberro que Antoine Khater, el sufrido sabio libanés, ha optado por huir de una traducción erudita y ha traducido a Teresa de Jesús con el mismo tono natural, espontáneo, con que lo habría hecho ella misma, y prestando, como ella también hacía, especial atención a los términos importantes, y buscando en lo posible acercar el texto a la sensibilidad oriental.

Sin embargo, no debe resultar extraño a un cristiano libanés que tiene vecindad con el islam leer a Teresa de Ávila en árabe. En Mujeres de luz. La mística femenina, lo femenino en la mística (Trotta, 2001), hay un estudio, escrito por la especialista Luce López-Baralt, que se titula Teresa de Jesús y el Islam. El símil de los siete castillos concéntricos del alma. La primera intuición de la relación con la mística del islam de la imagen simbólica teresiana de las siete 'moradas' concéntricas como imagen del alma (o castillo interior, y para la santa transparente como el diamante), la tuvo el profesor Miguel Asín Palacios en un trabajo publicado en 1946. Pero ha sido Luce López-Baralt quien, finalmente, y después de muchos años de investigación, ha demostrado, documentalmente y con los poetas sufíes que los representan, los precedentes islámicos de la idea de los siete castillos concéntricos.

Fue cuando se encontraba precisamente en Beirut cuando la profesora López-Baralt, entonces una joven investigadora, encontró el primer indicio en la lectura de un texto del sabio Abu-l-Hasan al Nuri de Bagdad. López-Baralt percibió con claridad que se encontraba ante un motivo simbólico recurrente en el misticismo islámico. Su investigación la llevó a documentar esta imagen propia de la literatura sufí en figuras tan reconocidas como Al-Hakim al-Tirmidi, Muhammad b. Musa al-Damir y, las más conocidas en Occidente, como Mulla Sadra y, sobre todo, Jalalluddin Rumi. Estos sufíes, como escribe la profesora López-Baralt, se adelantaron a Teresa de Jesús siete siglos. Así, cuando al-Tirmidi y Nuri aleccionaban a sus discípulos con el mandala de los siete castillos del alma en la orilla del Tigris, nacía el símbolo de los siete castillos concéntricos que Teresa de Jesús reescribiría con aura y perfume musulmán. No en vano la cultura musulmana floreció durante ocho siglos en la Península Ibérica. No es tan extraño, pues, que esta imagen sea fruto de un mestizaje que, cabe decir, en España se ha rehusado durante siglos. Sin embargo, Ramon Llull, con menos prejuicios, con mentalidad más abierta y ecuménica, ya había reivindicado el sufismo, la vía mística del islam, cuando escribió, con admiración por la maestría espiritual de los sufíes, en su libro místico, Llibre d’amic e amat: ‘unes gents que han nom sufíes’.


Pintura de François Gerard, 1819.