Navidad 2017


Esperanza, caridad i fe.

Vidriera diseñada por Sir Edward Burne-Jones
y realizada por Morris and Co (1870) para la Catedral de Oxford
Christ Church College

Arte para trascender

Jesus Oliver-Bonjoch


El arte tiene que ver con la dimensión espiritual del ser humano desde el principio de los tiempos. Aquellas primeras creaciones humanas que nosotros identificamos como obras de arte, fueron realizadas para procurar una imagen a los primeros pensamientos abstractos que iban surgiendo en la mente de nuestros antepasados, cuando comenzaron a hacerse preguntas y a buscar respuestas. Y en el preciso instante en que, sin ser conscientes, empezaron a trascender y a interpretar la realidad que percibían con los sentidos, comenzaron a diferenciarse de los otros primates.

Desde entonces, la tarea de los artistas ha sido y es la de traducir conceptos e ideas a un lenguaje que pudiera ser captado directamente por nuestros sentidos y asimilado como una emoción, antes de ser racionalizado por nuestra mente. Convertir una idea o un sentimiento en algo tangible; en una imagen, en una sucesión de sonidos armoniosa, o incluso en un sabor o un olor; esta es la función del arte y la tarea prodigiosa de los artistas. Por eso creo que la función de los profesores de Historia del Arte debería ser ayudar a los otros a despertar, a abrir los poros de los sentidos, y enseñar a utilizarlos como nuestros antepasados, para conectar directamente con el lenguaje artístico. Aprender a apreciar el arte significa, pues, aprender a observar, a abrir bien los ojos y a ver, a escuchar, a palpar y, también, a oler y a saborear.

A lo largo de los siglos, muchos artistas han creado obras para provocar emociones que desvelasen el anhelo de trascender en el alma de quien las contempla, como la pintura mural que muestra la fotografía que ilustra este texto. Fue realizada por la artista irlandesa Phoebe Anna Traquair (1852-1936) en el interior de una iglesia de Edimburgo (Catholic Apostolic Church, en East London Street); representa el momento en que un ángel va a alertar a las diez vírgenes (Mateo 25,1-13), y simboliza el despertar del espíritu.

El nacionalismo, según Krishnamurti

Pregunta: ¿Qué es lo que viene cuando el nacionalismo se va?

Krishnamurti: La inteligencia, evidentemente. Pero temo que eso no sea lo que esta pregunta implica. Lo que ella implica es esto: ¿qué es lo que puede substituir al nacionalismo? Ninguna substitución es acto que traiga inteligencia. Si abandono una religión y me adhiero a otra, o dejo un partido político para ingresar más tarde en alguna otra cosa, esta constante substitución indica un estado en el que no hay inteligencia.

¿Cómo nos libramos del nacionalismo? Sólo comprendiendo plenamente lo que él implica; examinándolo, captando su significación en la acción externa e interna. En lo externo, él causa divisiones entre los hombres, clasificaciones, guerras y destrucción, lo cual es obvio para cualquiera que sea observador.


En el fuero íntimo, psicológicamente, esta identificación con lo más grande, con la patria, con una idea, es evidentemente una forma de autoexpansión. Viviendo en una pequeña aldea, o en una gran ciudad, o donde sea, yo no soy nadie; pero si me identifico con lo más grande, con el país, si me llamo a mí mismo hindú, ello halaga mi vanidad, me brinda satisfacción, prestigio, una sensación de bienestar; y esa identificación con lo más grande, que es una necesidad psicológica para los que sienten que la expansión del yo es esencial, engendra asimismo conflicto, lucha entre los hombres. De suerte que el nacionalismo no sólo causa conflictos externos, sino frustraciones íntimas; y cuando uno comprende el nacionalismo, todo el proceso del nacionalismo, éste se desvanece.

La comprensión del nacionalismo llega mediante la inteligencia. Es decir, observando cuidadosamente, penetrando el proceso integro del nacionalismo, del patriotismo, surge de ese examen de la inteligencia; y entonces no se produce la substitución del nacionalismo por alguna otra cosa. En el momento en que reemplazáis el nacionalismo por la religión, la religión se convierte en otro medio de autoexpansión, en una fuente más de ansiedad psicológica, en un medio de alimentarse uno mismo con una creencia. Por lo tanto, cualquier forma de substitución, por noble que sea, es una forma de ignorancia. Es como alguien que substituyera el fumar por la goma de mascar o el fruto del betel. En cambio, si uno comprende realmente, y en su totalidad, el problema del fumar, de los hábitos, sensaciones, de las exigencias psicológicas y todo lo demás, el vicio de fumar desaparece. 

Sólo podéis comprender cuando hay un desarrollo de la inteligencia, cuando la inteligencia funciona; y la inteligencia no funciona cuando hay substitución. La substitución es simplemente una forma de autosoborno, de incitaros a que no hagáis esto pero sí hagáis aquello. El nacionalismo con su veneno, sus miserias y la lucha mundial que acarrea, sólo desaparece cuando hay inteligencia, y la inteligencia no surge por el mero hecho de pasar exámenes y estudiar libros. La inteligencia surge cuando comprendemos los problemas a medida que se presentan. Cuando hay comprensión del problema en sus diferentes niveles no sólo en la parte externa sino de lo que él implica en su aspecto interno, psicológico, entonces, en ese proceso, la inteligencia se manifiesta. Cuando hay, pues, inteligencia, no hay substitución; y cuando hay inteligencia desaparece el nacionalismo, el patriotismo, que es una forma de estupidez.

El arte de ser

Filosofía sapiencial para el autoconocimiento y la transformación


Según la autora todos debemos llegar a ser artistas de nuestra vida. No hay peor dolor que la conciencia de no haber aprovechado el tiempo que se nos ha dado para movilizar nuestras propias y más profundas posibilidades. Precisamente ésta es la idea la que han tratado de comunicar las grandes tradiciones de sabiduría a lo largo del tiempo en todo el mundo, des de oriente a occidente. Abandonar el confinamiento en el que nos encontramos enmarcados por nuestras ideas preconcebidas de lo que es la realidad es uno de los objetivos de la filosofía sapiencial de la que trata este libro. Las enseñanzas sapienciales han entendido que la tarea filosófica tiene un prerrequisito fundamental: la voluntad de ser profundamente transformados. La disposición a abrirnos a la verdad de las cosas es indisociable a la verdad sobre nosotros mismos también, y de esta manera encontraremos respuestas, pero no serán respuestas teóricas como hasta ahora, serán ya un estado de ser.

La filosofía deja de ser vida filosófica, deja de ser sapiencial, cuando se contempla sólo como una tarea intelectual y cerebral. Lo que decimos que sabemos si no lo vivimos realmente no lo conocemos. Las enseñanzas y prácticas de las filosofías sapienciales de oriente y occidente relativas al arte de ser son intemporales y tan actuales hoy como ayer. De todas formas nos urge incorporarlas al sistema educativo de nuestra civilización porque lamentablemente han dejado de tener la consideración que sí tuvieron en la antigüedad.

La lectura de este libro de Kairos no requiere conocimientos formales de filosofía, Sócrates por ejemplo, como señala la autora, filosofaba por igual tanto con sus alumnos, destacados personajes de la sociedad ateniense como con los artesanos o verduleras que paraba en la ciudad. En esta línea, según ha podido comprobar la autora, quien más lejos llega en este camino no es necesariamente quien parte con más conocimientos si no quien se abre a éste con más entrega, sinceridad y seriedad. 

Artículo de Xavier Roqueta Soler


Crisis de identidad

Jordi Àlvarez Carniago
Psicoterapeuta Transpersonal

Intentaré compartir mi experiencia en estos momentos de crisis social, donde la identidad es el eje de un conflicto que nos afecta a todos, esperando aportar un poco de luz en estos momentos de incertidumbre.

La identidad es aquello con lo que la mente se identifica. Cuando decimos o pensamos “yo soy…” añadimos una serie de atributos que delimitan quienes creemos ser, condicionados por nuestro origen familiar, cultural, profesional e incluso por nuestro aspecto físico. Sin embargo, esa identidad es, en realidad, una identificación mental, una realidad ilusoria y circunstancial que limita nuestro potencial para ser lo que somos realmente.

Desde mi punto de vista, nosotros no somos esas etiquetas a las que nos aferramos, esas ideas asumidas para sentirnos aceptados e integrados en un colectivo pero que, a la vez, nos separan del otro. Nuestra verdadera naturaleza subyace bajo esas identificaciones, nuestra verdadera identidad no es aquello con lo que la mente se identifica. No somos individuos separados y delimitados por nuestras circunstancias, somos la misma conciencia del universo experimentando la existencia encarnada, somos la misma vida, sagrada, que se manifiesta en este mundo en infinitas formas pero que, a la vez, no deja de ser una unidad.


Esta conciencia de nuestra verdadera identidad solamente es perceptible bajo ciertas circunstancias, en las que la atención se desplaza desde los pensamientos y las sensaciones hasta el sentir esa existencia infinita y trascendente. El “yo soy” con atributos mentales se convierte en la experiencia de ser, simplemente “Soy”. Esta conciencia de identidad más allá de lo mental, lo físico y lo transitorio, se puede alcanzar mediante las diferentes “técnicas” o medios que han utilizado aquellas personas a las que se ha llamado místicos o practicantes espirituales. Algunas de estas técnicas son harto conocidas como la meditación, la contemplación, la oración, el aislamiento, el consumo de ciertas sustancias y alimentos o el ayuno. Mediante estas técnicas se puede tomar distancia de la identificación mental y algunos han llamado a este proceso, o experiencia, ampliación de la conciencia.

Mi propia experiencia en una de estas prácticas de “ampliación de la conciencia” me llevó a observar de una manera diferente el actual conflicto que enfrenta dos identidades aparentemente contrapuestas: ser catalán o ser español.

En uno de los días en los que los medios de comunicación y muchas personas en la calle expresaban la incertidumbre, la frustración, el miedo y la ira por el conflicto desatado en aquello que se ha venido a llamar “el procés” , decidí subir al tejado de la casa en la que resido donde, a menudo, aprovecho las últimas horas del día para meditar, orar y contemplar con agradecimiento el maravilloso espectáculo que se me ofrece, si lo preferís, para hablar con esa esencia infinita que está dentro nuestro y que algunos llaman Dios. Inusualmente la experiencia de ese día fue mucho más intensa y reveladora de lo que normalmente es. Mientras meditaba, poco a poco experimenté como mi identidad se fue ampliando y, desde mi corazón, empecé a sentir que aquello que yo era incluía a todas las personas que vivían detrás de aquellas ventanas, en aquellos edificios, era una experiencia de empatía con todas aquellas historias, pequeños y grandes dramas, que se desarrollaban a mi alrededor. Sentí que aquellas vidas, en su actividad, intentaban buscar la experiencia que yo estaba teniendo en aquel momento, buscaban la fuente del amor que reside en nuestra esencia, de mil maneras diferentes, intentando huir del dolor, la angustia, la tristeza y el vacío que les provocaba la ignorancia de su verdadera naturaleza, sintiéndose solos y separados, como niños, esperando que el amor les fuera otorgado por algo o alguien o, como mínimo, mantener a raya esas emociones que no podían sostener. Sentí que éramos un organismo de conciencia que buscaba su identidad real pero que, en su ignorancia, se proyectaba en miles de identidades e identificaciones, opuestas, en conflicto con las otras identidades.

En algún momento (mi percepción del tiempo y del espacio habían desaparecido) empaticé con diferentes personas (persona: del griego πρὀσωπον “prósopon = máscara”) y con su sufrimiento, con su búsqueda de conexión con la fuente de amor, vida e inteligencia que reside en nuestro interior. Empaticé con mis padres, cuando eran muy jóvenes, al final de la guerra civil española, su miedo, su ira, su frustración, su dolor y, sobre todo, su desconfianza en un sistema político que, para ellos, había significado una imposición, una derrota, una humillación y el final de sus esperanzas en un futuro mejor. Vi como ese dolor, presente en mis padres hasta la muerte, estaba dentro de mí también, transmitido mediante actitudes, quejas, opiniones, ideas… y también estaba presente dentro de una gran parte de ese organismo que llamamos sociedad.

Con lágrimas cayendo mis mejillas, me dirigí hacia esa presencia de amor en mi interior y pregunté cómo podía sostener tanto dolor, como podía vivir con tanto sufrimiento. La respuesta fue inesperada, vi a una niña. Esa niña había crecido en un hogar sin problemas económicos, pero sin recibir casi amor. Era la familia de unos militares adeptos al régimen franquista, los “vencedores”, los “opresores”: el “enemigo”.

En esa familia tenían una educación donde las mujeres eran inferiores y supeditadas a los hombres y ella, esa niña, nunca había sido apreciada, amada y aceptada por, simplemente, ser. De corta estatura y fuera de los cánones imperantes de “belleza femenina”, la niña se había sentido rechazada e ignorada, hasta violentada por ser quien era. Para sobrevivir e intentar que la amaran, la niña había crecido buscando que la reconocieran y la aceptaran, desarrollando una gran voluntad y una inteligencia mental que compensara lo que creía sus carencias y el motivo de rechazo. Intentando escapar del vacío de la falta de amor, había buscado el poder, la reafirmación de las ideas y juicios de valor de aquella familia donde le había tocado nacer, identificándose con aquellas ideas y valores. 

Rechazada más tarde por ser “demasiado inteligente” y por no ser “suficientemente atractiva” en un marco cultural de poder masculino. Para compensar tanto dolor y desprecio había desarrollado placer por dominar, como ella fue dominada, a otras personas de una manera, podríamos decir, “sádica”. Sin embargo, tras aquella máscara de fortaleza y poder, se ocultaba el dolor de la niña por no haber sido amada y aceptada, por no haber descubierto la fuente de amor infinito que estaba en su interior, y, así sus acciones en este mundo humano, en esta sociedad, se habían dirigido hacia el poder y la dominación, hacia la política, y, como si fuera una lección por aprender, esto perpetuaba su sufrimiento en los otros, con decisiones inflexibles que dañaban a los otros seres. Identifiqué a esa niña como uno de los personajes activos del gobierno del estado por la que sentí una gran compasión.

La identidad mental que hemos creado no es sino una estrategia para huir de nuestro sufrimiento, para intentar llenar ese vacío provocado por la falta de amor que nos hubiera permitido conectar con nosotros mismos, con nuestra esencia, con la fuente de amor que somos en potencia. Esa identidad separada del otro, ignorante de su verdadera función, es un intento fallido de ser nosotros mismos, de ser lo que realmente somos. Tras el conflicto social actual, y tras todos los conflictos humanos sin sentido, hay una falta de amor, una búsqueda errónea fuera de nosotros de ese amor, de nuestra propia naturaleza Divina. Entendí que, como ser encarnado, lo único que podía hacer ante tamaño despropósito era amar, amar sin fronteras, sin límites, sentir el dolor del otro como mío propio y ser compasivo. Mirar más allá de las diferencias aparentes y ver la unidad de todos los seres. Comprendí que esta crisis era una parte del aprendizaje de ese organismo que somos todos para descubrir nuestra verdadera naturaleza y encontrar a Dios.


En la fotografía, unos chicos del Colegio Motolinía de Antequera junto a un ciprés de Moctezuma dos veces milenario de dimensiones monumentales (14.05 metros de diámetro y 42 de altura) en Santa María de Tule, Oaxaca. What We Can Learn from Trees por Kathy Newman [Fotografías de Diane Cook y Len Jenshel]

Independencia “interdependiente”


“El planteamiento actual se carga la pluralidad, base de toda sociedad en libertad. Queremos priorizar el diálogo y las alianzas con objetivos comunes, antes que caminos unilaterales. Creemos más en cohesionar y avanzar, que en dividir y confrontar.”
Albert Peris  


Si ponemos en línea horizontal la pluralidad humana, desde el extremo izquierdo hasta el extremo derecho en una “línea socio-humana”, nos encontramos con dos extremos y un centro. Si desde el centro observamos con visión abierta la pluralidad en la globalidad, encontramos claramente dos alternativas, una hacia la izquierda y otro hacia la derecha. Andando desde el punto inicial central hasta los extremos, podemos encontrar el extremismo de derecha o el de la izquierda. Por otro lado, este punto central lo podemos proyectar hacia el fondo y cuanto más al fondo vamos más radicales seremos, porque estaremos más cerca de las raíces humanas y sociales; un punto privilegiado para contemplar la globalidad y para encontrar soluciones, promoviendo concordia en la diversidad a través del diálogo, el acuerdo y el pacto.

La raíz del centro humano y social está al fondo, donde toda la diversidad confluye como punto de partida y coincidencia del ser humano. En este punto de partida del ser común a todos los ciudadanos nos encontramos con el fondo radical. Los centristas quieren ser radicales, pero no radicalistas. Radical viene de la palabra radix. En la política práctica quieren estar en la raíz de la vida para poder contemplar el gran espectro de la sociología humana en un mismo origen, pero, al mismo tiempo, no quieren que recorten su historia, sus valores, sus creencias, es decir su realidad global. Desde el fondo contemplan la complejidad de la red humana, pero ven y reconocen que los seres humanos son naturalmente interdependientes.


En nombre de un bien común equivocado no podemos dejar que nuestra historia ni nuestra lengua no sea reconocida en su plenitud, ni tampoco podemos olvidar a las personas y a los personajes que han configurado nuestro pasado hasta el día de hoy. La independencia humana y social nos permite ser nosotros mismos y aportar lo mejor y lo más nuevo que traemos dentro.

Muchos jóvenes, al encontrar pareja estable, quieren crear su propia independencia. Si no lo hacen, conviene ayudarlos para que lleguen a ser ellos mismos ante la vida, y que a partir de una sana independencia puedan abrirse a nuevos caminos. Se trataría de una independencia dependiente, no de una independencia egoísta que huye de los otros, sino simultáneamente de una independencia enriquecedora para mí y para los demás.

Se trata de una dialéctica sostenible entre la persona y la comunidad. Este es el recto personalismo. No es bueno ahogar la comunidad poniendo las personas en primer lugar, pero queremos, como decía Mounier, evitar que la comunidad ahogue la realidad y los intereses de las personas.

Si tenemos una visión global podemos pensar en un “tercer ojo”. No tenemos bastante con dos ojos, uno para mirar a la derecha y otro para mirar a la izquierda, queremos abrir el tercer ojo, el ojo del medio, el ojo de la mente que nos trae la síntesis de la diversidad. La independencia interdependiente tiene mucho en cuenta el aspecto “inter”. La independencia egoísta no es solidaria, solo piensa en ella misma, ser más que el otro, alejarse y enriquecerse. Es negligente en el esfuerzo hacia los otros. Inteligentemente unidos podremos vivir la interdependencia vivificadora a la que aspiramos.

Septiembre 2017


Fotografía: © Jean-Pierre Hallet